El Viaje
julio 17th, 2010 por
Cecilia
Resulta que hace unos días el sapo estaba dele que dele tratando de decirme algo, un día se acercaba y tosía, me miraba y se iba, al rato giraba varias veces con los ojos en blanco (para impresionarme) y otras ladraba apurado y enfilaba para el fondo.
Mire retobado- le dije ayer ya confusa-usted quiere decirme algo?
Sí, sí, mire vea- entono la garganta- los bichos y yo queríamos saber si usted nos acompañaría a conocer la Capital. Yo no estoy muy entusiasmado, pero ellos quieren no morirse sin subir a un ascensor y mirar la vida desde una maceta de balcón al menos por un ratito.
Bueno, los acompaño, a las 9 de la mañana partimos de la estación de Paso del Rey y nos vamos para el Once- le dije.
Sin mediar palabra, pero con una sonrisa de oreja a oreja (supongamos) se fue saltando contento a avisar al resto.
Y a la mañana partimos, frío si lo hay en la estación de chapa del viejo Matías. En mi bolsito refrigerado viajaban arañas, mariposas, ciempiés, langostas y grillos y en un rincón más amplio el sapo, sacando la cabeza a cada rato y saludándome con su manito tierna.
El tren llegó y subimos, la marea humana me ubicó en medio del vagón con el hombro medio torcido y el codo de mi vecino incrustado en la tercera costilla .El bolso giraba de un lado a otro y el sapo les decía a sus compañeros que no se preocuparan.Al rato empezaron a pasar los vendedores ofreciendo desde hebillitas hasta super panchos. Cuando por fin llegamos a Once, previo haberme preguntado el retobado por lo menos quince veces cuanto faltaba, bajamos y la vorágine de gente y apuro me empujó un buen rato más, hasta por fin llegar a la escalera del subte.
Los grillos cuchicheaban que las langostas estaban mareadas y las arañas habían invertido el viaje para tejer al crochet un chaleco para el retobado y se habían encaprichado en probárselo ante la negativa persistente del sapo.
Les dije que se tranquilizaran, que aún faltaba un trecho y los cimpiés intentaban desenredarse unos a otros con suerte diversa.
Traté de mantener el bolso más derechito y luego nos subimos al subte.Salvo que estuvo parado media hora entre dos estaciones por desperfectos técnicos y que el retobado asomaba su carita cansada cada dos minutos para preguntar novedades, todo se desarrolló más o menos sobre rieles.
Finalmente llegamos a la estación Piedras y cuando pudimos destrabar las puertas bajamos clamando luz. Cinco minutos más y llegamos al edificio de mi amiga María.
Cuando subíamos por el ascensor, permití a los bichitos asomar sus cabecitas porque no había nadie y sus caritas se maravillaban al ver las lucecitas que se encendían y apagaban.
Finalmente llegamos al 5 ° Piso y al borde de mis fuerzas toqué el timbre, recibí los abrazos de mi amiga y presurosa me senté en el sillón apoyando el bolso en el mismo instante en que retobado y compañía salían hacia el balcón de María plagado de macetas de violetas de los Alpes.
El sapo daba indicaciones sobre seguridad e impartía a sus amigos consejos para que ninguna desgracia ocurriera si se asomaban mucho para abajo.
María me ofreció un mate espumoso y unos bizcochos Don Satur y el sapo se acercó y me murmuró al oído: – Bueno Cecilia, ya podemos volver.
Largué una carcajada y le expliqué que recién habíamos llegado luego de casi dos horas de viaje y que estaba rendida, a lo que el retobado contestó que consideraba que era hora de volver pues sus amigos ya habían experimentado muchas nuevas emociones.
Lo que pasó luego lo resumo para no cansarlos.
La vuelta en subte fue rápida y cómoda y al llegar a Once, un señor nos indicó que el tren próximo a salir era una locomotora y que nos apuráramos.Casi sin pensarlo subimos y al instante la locomotora lanzó una bocanada al aire y partió. Nosotros, fuimos los únicos pasajeros y el guarda resultó ser el cosechador de estrellas y su acompañante el duende que se mataba de risa.
EL viaje fue formidable, la locomotora atravesaba paisajes de sueños que nunca había visto y los bichitos se asomaban a las ventanillas y se despeinaban plenos de felicidad.
No pregunté nada, solo disfruté, como niña. Al llegar a Paso del Rey, la locomotora volvió a ser el tren de siempre, y una cantidad de personas importante bajó de algún lugar donde antes no había nadie. Solo le dije al sapo que seguro había hecho de las suyas y él pareció no prestarme mucha atención.
Sin embargo al despedirse me dijo que solo quien es solidario con el otro merece luego de ciertos padecimientos acceder a la magia que solo dan los paisajes internos.
Solo vemos, lo que somos.No lo olvide Cecilia- me dijo.Y agregó-La magia está en su interior.
Y yo, yo como siempre lloré bajito
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