Ahí va viniendo a los saltitos y silbando bajito.
Se ve que fue de shopping porque viene engalanado con un ponchito de arpillera y dos lentejuelas azules.
Se lo ve tan…tan.. se lo ve, que ya es algo.
El sapo y yo emponchados abajo del paraíso, tomando mate amargo y comiendo un cacho de pizza fría de muzzarella de la vecina que le sobró del cumple del hijo que ya es grande y parece mentira como crecen los chicos.
De vez en cuando encendemos palitos y hojas de otoño para calentarnos los pies y las manos y nos gusta estar ahí, casi sin necesidad de decir nada.
Valioso es-dice el sapo con voz de gallo- saber disfrutar de los silencios.
Yo solo sonrío, para no hablar.
Luego, me cuenta que la araña Juana le tejió el ponchito, que solo tardó dos minutos y medio porque estaba motivada y que le agrego las lentejuelas que se habían enganchado en la telaraña hace como un mes pero que aún estaban intactas y brillosas.
El sapo le quiso pagar el trabajo pero la Juana solo acepta abrazos.
Así que ahí fue más complicado, la araña te abraza como 3 horas y media.
Es buena gente-me dice el sapo y agrega-solo un abrazo basta para saber quien es uno.
Y ahí seguimos, el sapo retobado aprendió a tomar mate hace poco. Es todo un logro y a mí me emociona, junta las patitas delanteras y estira el pico que no tiene y ahí nomás chupa profundo como suspirando.
No sé si le gusta mucho, pero pide más y la rueda se hace más y más grande, cuando aparecen las mantis que rezan antes de tomar el mate, lo que retrasa la vuelta y los grillos se ponen nerviosos y les tiran pelusas y las mantis agradecen creyendo que las homenajean.
Luego vienen los bichos bolitas que toman el mate raro, que casi no me doy cuenta como hacen, pero dicen que les encanta.
A mí me toca cada hora y cuarto, así que casi, casi, que ya se suspende la jornada de mateada.
Hoy casi no hablamos-le digo al sapo.
Yo creo que igual estuvo bueno, no?- me dice con esa cara sabia que no sabría como dibujarla, pero es así nomás.
Para hacerme la inteligente, le digo: -Qué espera de la vida, Don Sapo?
Sonríe, como siempre, tierno y amoroso y me dice:
-La pregunta no es esa, Cecilia…la pregunta debe ser qué espera la vida de uno.
Q lo parió.
