-Vamos a la playa oh oh oh oh oh!!!!!!- cantaba el sapo retobado a viva voz en el patio.
Me asomé a media tarde porque nunca gritó con tanto ímpetu y enseguida se acercó presuroso a contarme la nueva buena.
Parece ser que su primo Efraín lo invitó a pasar unos días a un charco en la ciudad de Mercedes, invitación que Efraín solo hace en contadísimas veces y a contadísimos bichitos. De hecho el retobado solo conocía la invitación a la tía Carola de Chascomús y a la ameba y el paramecio de Villa Calamuchita.
Por lo tanto, sin dudas, este era un acontecimiento rozando lo histórico.
El sapo me preguntó si lo podía acompañar porque no conocía la zona y que también iba con dos de sus mejores amigos grillos y un escarabajo, de esos que son descendientes directos de los rinocerontes.
A la mañana siguiente estábamos todos sentaditos en el tren que tiene locomotora humeante, en realidad ellos iban apoyaditos en la ventana, media cara para afuera y riéndose a lo loco, tratando de imitar el sonido del tren (pero no les salía ni parecido)
Luego de atravesar bastante campo y ante la mirada triste del sapo cuando veía las plantaciones de soja, llegamos a Mercedes.
Las coordenadas que tenía el sapo eran más o menos así. De la estación cuatro pasos largos para el lado donde está el paraíso gigante en el que anidan las palomas torcazas, de allí girar en redondo y volver a girar mirando para el sur y luego enfilar con disimulo para el norte, donde crecen los jazmines.
Cumpliendo estrictamente con las indicaciones, ni por asomo se venía charco alguno. El día era de lo más caluroso y parece ser que todos los charcos se habían evaporado. Pero por las dudas ensayábamos otra vez los pasos, las caras, el giro y el disimulo, porque por ahí habíamos errado en algo.
Sin embargo, ni un cacho de agua a la vista.
Solo un niño jugaba contento mojando sus pies en una palangana verde y de vez en cuando pegaba grititos: Ahora vos, Efraín, ahora vos!!!!
Y al unísono todos nos dimos cuenta. En la palangana estaba sin dudas el primo mercedino del retobado.
Explicarle al niño la historia solo llevó medio segundo. Los niños te miran y leen tu alma en un periquete.
Conclusión, ahí nomás nos tiramos todos a la palangana, los grillos abajo, el escarabajo arriba, mojando cada dos por tres su cuernito, Efraín y el retobado echándose agua en los ojos y sonriendo a pata ancha y había espacio incluso para el niño y para mí que hacíamos olas de izquierda a derecha con cierta moderación para no ahogar a nadie.
En lo mejor del alegrón sentí bufar a la locomotora y ahí nomás salí corriendo, pues era el último tren del día.
El sapo me gritó a lo lejos que venga al otro día a buscarlo.
Solo atiné a mandarle un mensaje de texto al celular del retobado, que decía:
Sapo. No iba a pasar sus vacaciones con Efráin?
El sapo al toque me contestó:
La pasé tan bien, que mejor no lo puedo pasar. Sepa disculpar .Pero la espero mañana.
Y ahí recordé lo que ya me había enseñado el sapo, eso de que no importa el tiempo sino las intensidades.
Y me pase todo el viaje, chapoteando en el piso del tren, que mágicamente fue mar por un largo trecho, hasta Moreno.

