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noviembre, 2010

  1. El equeco

    23 noviembre, 2010 by Cecilia

    La carita se le iluminó de ojo a ojo.
    Estaba repartiendo pequeños regalos que les había traído a los bichitos de mi viaje a Santiago del Estero.
    Vino patero para los grillos, hamacas para las luciérnagas, telares para las arañas, una estampita de la Virgen de Sumampa para la mantis y el sapo esperaba radiante su turno.
    Cuando le entregué su obsequio, la carita le volvió a relampaguear de ojo a ojo.
    Lo que yo esperaba -dijo emocionado-hace tantos años…pero tantos.
    Todos quedamos eclipsados por el abrazo fraterno de ese sapo con el equeco cargado que le había traído.
    Y ahí nomás, supimos que nos iba a contar una historia y nos sentamos en redondo.
    Hace tantísimos años-empezó el retobado, con voz profunda de las que bucean en el alma los recuerdos-me encontré una noche de luna clara con el señor equeco en un charco grande de la Pampa Húmeda. Venía persiguiendo los sueños de un niño que se había mudado de Jujuy a Tierra del Fuego y luego se había quedado en La Pampa, casi por cansancio. El equeco había sido su compañero de vida y quedó olvidado en un huequito de un bolsito roto junto a un perro viejo que tampoco fue de la partida.
    Pero señores-suspiró el sapo y siguió contando – como lo que está destinado no sabe de separaciones, el equeco partió un día en busca del niño que tantos sueños le había confiado. No sé mucho de los múltiples medios de transporte que utilizó para encontrarlo. Caballos, mulas, mulitas y rechazó varias veces el auxilio de las perdices, solo por miedo a perderse.
    Yo lo hallé-continuo el sapo- medio cansado y con pocas esperanzas en la vera de un charco, no sabiendo si atravesarlo a nado, a vela o a dedo. Le presté mi lomo y mi alma para escuchar sus cosas y le deseé la mejor de las suertes y la mejor de las lunas para las noches oscuras y le regalé una brújula que era la herencia que tenía del abuelo Felipe y que sabía que siempre me había ayudado a encontrar lo que se busca.
    El equeco, parece ser que se dio vuelta, cansado y cargadito con bolsas, alimentos, casita y estrellas y le prometió que si encontraba al niño, le devolvería la brújula.
    Parece ser que el sapo le respondió que vaya sin prisa pero son ansias.
    Y hoy-señoras y señores- hoy, es día de encuentros- concluyó el retobado.

    Les juro, que hasta ese momento no había reparado que entre los bultos colgados del equeco, se hallaba reluciente una brújula antigua con una aguja que no señalaba ningún norte.
    Y más torpemente que inocentemente, le dije al retobado:
    Pero esta brújula no anda, cómo hizo para encontrarlo, además yo lo traigo de Santiago del Estero…
    El sapo, se dio vuelta, y con ternura me contestó:
    -No hay distancia alguna cuando se busca algo con el alma, el equeco jamás uso más brújula que su propio corazón en armonía con el corazón del niño. Y después, solo después que cumplió su misión, me hallo a mí.

    No hay distancia alguna… ni tiempo…y me iluminé de alma a alma.


  2. La calesita

    5 noviembre, 2010 by Cecilia

    No podía dormir.
    Siempre digo que no debo tomar esos matecitos de la noche, pero me olvido y me tiento.
    Parece que el sapo tampoco podía dormir. Lo escuchaba croar y ladrar al mismo tiempo, con tonos graves matizados con agudos terribles y con algún que otro Pufffffffffffff!!!!
    Me asome a la ventana y me dijo si podía salir a hablar un poquito.
    Así que fiel a mi estilo, me enrosque en el poncho y enfile para el fondo.
    Le pregunté si estaba angustiado o triste por algo y me dijo que solo tenía una idea en la cabeza y eso le quitaba el sueño, que hace mucho, mucho tiempo, un abuelo suyo llamado Felipe le había hablado de un artefacto, grande, lleno de luces y objetos de madera, que giraba en redondo movido por no sé que fuerzas extrañas y que de ese lugar se sentían multiplicadas las risas de los niños.
    -Eso es una calesita- le dije
    Y su carita, rugosa, se iluminó. Y al instante, preguntó- La conoce? Puede llevarnos?
    -Sí, mañana a la tarde vamos!- le contesté.
    Se fue como un chico, me pareció que corría y lanzaba grititos de contentura, pero no sé, a veces son cosas mías que imagino.
    Y acá estamos, sacando fichitas para la calesita de Paso del Rey, la de Don Arturo, esa que queda pegadita a las vías, entonces uno se alegra por partida doble, por dar vueltas y por mirar pasar el tren.
    Don Arturo, me hace rebaja, cada 3 bichitos pagan 2 y medio. Saco la cuenta: 7 langostas, 4 luciérnagas, 9 hormigas, 3 vaquitas, 2 mantis, 8 abejas y el sapo.
    La carita de todos cuando van subiendo es inenarrable. Muchos suben en el helicóptero, otros en Dumbo, las mantis en el caballito y el sapo en el camión de bomberos.
    Yo los miro desde abajo, para fotografiarlos con mis ojos y de ahí derecho al corazón, esa felicidad que solo dá dar vueltas en una calesita.
    Y Don Arturo arranca la máquina y ellos se agarran de donde pueden y tararean la canción que sale de la calesita…NO me molestes mosquito, no me molestes mosquito…ríen los bichitos y ríen los niños, que tienen la sonrisa triple en esta tarde, por las vueltas, por el tren y por los bichitos.
    Los niños los cuidan, se sientan a su lado sin aplastarlos y les cuentan el desafío de sacar la sortija.
    Y las vueltas se suceden y me piden una más y otra y pasan de los caballos a los bambis y del helicóptero al auto de carrera.
    Y ahí nomás, aparece el nieto de Don Arturo que es el encargado de empuñar la sortija. Y los bichitos empiezan a saltar y hacen una escalerita grande, uno tras de otro, el sapo como base y la mantis como estrella. Y el nieto de Don Arturo se conmueve y una que otra vez les concede el triunfo de la sortija ante el aplauso cerrado de todos los concurrentes.
    Las vueltas se suceden y anochece, me animo a subir al caballito celeste que le falta un cuarto de pata y un ojo, pero lo quiero igual o más por sus carencias, que sin embargo no opacaron su actitud.
    Y Don Arturo dice que debe cerrar, que ya es de noche.
    Y en filita india, nos bajamos todos y para eternizar la alegría les compro un helado de ázucar.
    Esos pegajosos, que de chica siempre se me enredaban en el pelo y en el saquito rosa de vanlon y aquí vamos camino de vuelta de la alegría, con el sapo y sus amigos haciendo cabriolas en el aire y el retobado diciéndome:
    _ El abuelo Felipe no se equivocaba… lo traemos la próxima?
    Y todos nos abrazamos y nos enredamos en el azúcar, rosa, dulce y esponjosa como se muestra la felicidad de vez en cuando.

    De vez en cuando…