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septiembre, 2010

  1. Cosechando

    18 septiembre, 2010 by Cecilia

    Y sí, poncho y termo en mano, estoy ansiosa esperándolo.

    Me dijo que venía ni bien se despedía del sol que se ponía atrás de los árboles y se sumergía en la tierra.

    Y ahí aparece, con su carita nueva de asombro, sombrero, pantalón largo, camisa a cuadros y canasta de juncos.

    Y ahí vamos, el cosechador de estrellas y yo de la mano, cantando bajo una canción mansa.

    Se acerca la primavera y florecen más rápido las estrellas. No bien  germinan las puntitas hay que arroparla, cantarle la canción de cuna y mostrarle que ese cielo, inmenso, sin límites, será su morada.

    Y ellas sonríen y hacen muecas y se llenan de un brillo que solo da la felicidad.

    Y el cosechador me permite rozarlas con dulzura y desearles suerte y me pone tan contenta y lloro solo un poquito porque no puedo contener tanta sensación de paz.

    Y luego,  hay que soltarlas despacio, tirarlas para arriba con buenas intenciones y  así es como  vuelan o  suben escaleras invisibles y en el cielo negro se van ubicando, hacen cabriolas, figuras diversas y abrazan un ratito a la luna y luego encuentran su lugar por  pura intuición mezclada con designio.

    A veces, me parece que el cosechador es un duende o un mago, porque su figura desaparece por momentos o se eleva para guiar las estrellas o para acelerar su paso sobre los campos.

    Me siento un ratito y preparo unos mates. Lo llamo y viene sonriente de oreja a oreja. Pone su canastita al lado y toma despacio, despacio, ese mate que por suerte me salió lindo y espumoso.

    Casi no hablamos.

    No se necesitan las palabras cuando las almas brillan de felicidad.

    Y volvemos a trabajar y por momentos, escasos, únicos, se da vuelta y me mira profundamente, como solo miran los que conocen de estrellas y de sueños.

    Creo que hice trampas porque a muchas estrellas susurré mis deseos.

    Pero me parece que no importa, que nadie se ofenderá con ello.

    Y vamos, vamos silbando por la tierra  florida de brillos que nunca se acaban, y las luciérnagas juegan a las escondidas.

    Y a los lejos y tan cerca, el croar de los sapos me  trae su recuerdo.

    Dónde, sino cerca de las estrellas, está  lo que amamos.


  2. La luna

    11 septiembre, 2010 by Cecilia

    Es lindo a veces serenarse y sentir el brillo.
    Irse un ratito al fondo y  entre los capullos pispiar las fragancias y oler  los recuerdos.
    Y cuando sale la luna, sonreír un ratito apenas y enseguida cerrar los ojos para que su contorno se te cuele en la retina y se te instale y nunca más la olvides, aunque sea de día y te vayas lejos.
    Hoy la luna se hizo cuna y parece arroparnos a todos un poquito y dentro de la cuna dormía una estrella que sin embargo, de tan brillante, se alejo de ella.
    Y el sapo, las luciérnagas, las hormigas y las abejas, suspenden sus rutinas para verla. Y en un rinconcito entre el ceibo, el romero y el aloe vera, nos sentamos rozándonos las patas y suspiramos, con suspiros de bichos y suspiros humanos.
    Porqué será que la luna nos remonta para adentro y nos alza como barriletes de niños a tibiezas viejas y memorables.
    Y el sapo le canta, un canto de endecha, con olor a roca y cactus y todos nos emocionamos un poquito empezando por los vértices y culminando en nuestros centros.
    La luna te acuna y te envuelve y vuelve más quietos y un poco más pequeños los dolores del alma. Te mima y te hace creer que nada se muere del todo, si es auténtico.
    Y solo, pero solo si sabes, descartando toda ciencia, que existen los duendes y las hadas, y los gnomos juegan a las escondidas y las gotas de lluvia hablan que hablan, solo así, yo te aseguro, la luna murmura con voz de trino una balada.
    Y tiene una balada para cada uno de nosotros, solo hay que saber oírla.
    Y su voz, su voz sagrada, se va escondiendo en nuestros pliegues del alma.

    De vez en cuando- me dice el sapo- miro los cielos, para estar contento de estar en la tierra.