
Mientras mateaba despacito y tejía unas bolsas al crochet (las de los sachets de leche) tenía tiempo para pegarle una ojeadita al diario del barrio “El devenir del progreso de Paso del Rey”.
Y en un pedacito chiquito entre los clasificados y las necrológicas, alcancé a leer:
“SALON DE LOS ECOS PERDIDOS. RESTITUYO TRES ECOS PERDIDOS EN LAS SIERRAS DE CORDOBA ENTRE LOS AÑOS 1988 Y 1989 (APROXIMADAMENTE) QUE RESPONDEN A: 1-MARIAAAAAAAA. 2- BICHITOOOOOO DE LUZZZZZZ COOOOMOOOO TE QUIEROOOOO.3- AHHHHHHH (SUSPIRO DEL ALMA CON CARA DE LUNA). PASAR POR ALCORTA 456 DE 15 00 A 15 30 HS”
Ahí nomás entendí todo, es como que me iluminé. Hacía años que yo sentía que me faltaba algo, esa sensación rara como encendida de haber extraviado algo sin saber que ni donde ni cuando. Pero era un estado de incertidumbre expectante. En 1988 había estado en Calamuchita , en la provincia de Córdoba y recuerdo nítidamente haber suspirado profundo mirando la luna y luego haberme ido corriendo, sin haber sentido en la inmensidad de la sierra el eco de mi suspiro.
Ese eco era mío, sin duda alguna y me fui para el salón a la hora señalada. El lugar quedaba al ladito del pelotero de Doña Elvira, así que no me perdí, como era mi costumbre.
El Salón era una casita modesta, pintada de durazno y manzana y con dos enanos en el jardín. Apenas me asomé salió un señor alto, que se presentó como Don Alberto y al que le dije que creía ser la dueña del tercer eco, el de los suspiros.
Me hizo pasar al Salón que no tenía nada del otro mundo, solo dos cuadros, uno del payaso que llora y el otro en realidad era una foto de Isabel Sarli cuando vino a Moreno con Marrone a filmar una película.
Don Alberto no pronunció palabra, solo desapareció un ratito y volvió con un aparato extraño, parecía ser un tarro de tomates pero vacío y forrado con cartulina naranja, unido a un hilo que conducía en el otro extremo a un tarrito idéntico.Me dijo que era solo como medio de prueba y que debía suspirar en uno de ellos, que él escucharía en el otro tarro. Que me quedara tranquila, pero que ya había pasado mucha gente reclamando ese eco y eran impostores.
Ahí nomás, cerré los ojos, imagine la mejor luna y mi mejor recuerdo y suspiré de alma.
Don Alberto, sonrío con dulzura, noté que estuvo a punto de aplaudir pero no lo hizo y me dijo:
-Sin lugar a dudas, usted es la dueña del eco perdido. La felicito y trate de ser menos olvidadiza en otra ocasión.
Salió un segundo y apareció con una cajita pequeña, pequeña, de madera de pino y sabor a jazmines y rocío y me dio la instrucción de solo abrirla en el momento indicado. Me sonrojé un poco y le pregunté cuanto le debía. Me contestó que esas cosas no tienen precio.
No pregunté más, le dí la mano y me fuí con la certeza (esas de las que solo tengo 2 o 3 ) de que sabría cuando sería ese momento.
Por ahora dejo la cajita justo al lado de un brotecito de jazmín que está creciendo divino, ya sacó piernas musculosas y bracitos al viento.
Voy a abrir la cajita cuando despunté el jazmín que será justo el momento en que germiné también un abrazo que estoy acunando.
Ni va a hacer falta que les cuente, a la noche con la luna, sentirán mi suspiro.