Me gusta mirar por la ventanilla como los paisajes cambian, como de repente una nube se llena de lluvia y la otra le hace la reverencia al sol que alumbra un poquito y luego hace mutis por el foro.
Me gusta ver como cambian las tonalidades, los verdes pasan de los más oscuros a los más claros y sus contornos se tiñen de cielos diferentes. Y sin embargo, todo parece estar estático, como que gente y paisaje se contagiaran en la supuesta inmovilidad de solo ver pasar.
Algunos niñitos descalzos, con rostros de tierra y ojos maravillados, se ven corretear tras los perros flacos, que siempre son muchos y que ladran de puro aburrimiento.
Lo verde se apaga, escasea, se muere, ante plantaciones de la soja maldita y más adelante la tierra inundada como reclamando equilibrio y cordura.
Todo se oscurece de repente, previo último intento del sol por no entregarse, como si lo hiciera más bello el permanecer más tiempo.
Y de repente la noche aparece enterita y sin parches.
Y todo se vuelve oscuridad profunda, solo unos ranchitos prenden sus luces y los niños, ya cansados, retornan a sus nidos con hambre y sueños.
Y la inmensidad abarca los espacios más chiquitos y lo pinta todo de cosmos dormido.
Rueda que rueda la rueda y a lo lejos, las estrellas se visten y salen a brillar.
Y la silueta del cosechador de estrellas se pierde en los contornos que se forman y deforman en las noches oscuras. Creí verlo en varios pueblitos y sobre todo en el medio de montes, que le susurraban que tenían pesadillas de muertes cercanas, como si el pobre cosechador pudiera hacer algo…Él siembra que siembra, esperando milagros…
La luna está con fiaca y se encapricha en mantenerse tras el telón azul oscuro, calladita y sin suspiros, porque a veces la pobrecita también se apena de tanta pena.
Rueda que rueda y el paisaje cambia y el verde duda entre hacerse río o sentirse roca.
De tanto contar silencios, me quedo domida y sueño.
Sueño con siluetas humanas, con caras de tierra y alas de pájaros. Sueño con gritos lejanos que claman descansar en las tierras santas. Sueño con desplazados, expulsados y exterminados. Y en una especie de ronda, ritual de los tantos vientos, se yergue a duras penas, solo ayudada por los cielos, una mujer muy vieja, que llora desconsolada, que tiene raíz por piernas y sus manos son nidos en los que ya nadie anida. Yo estoy en un rinconcito, entre rendida y desconcertada, con un dolor profundo en el alma y alguien con rostro de tierra y alas de pájaro me susurra con un susurro viento, es la Pachamama, es la Pacahamama…
Llora que llora mi alma y yo, sin ni siquiera alas para abrazarla.
abril, 2010
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La Tierra
25 abril, 2010 by Cecilia
Category Historias | Tags: pachamama,tierra | 2 Comments
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Los dioses del Olimpo de fiesta. II Parte.
18 abril, 2010 by Cecilia
La verdad, yo estaba espléndida, la noche del viernes, para ir a la fiesta de los dioses del Olimpo.
No todos los días ocurren estos eventos y no todos los días la invitan a una.
En la semana había ido a una feria americana que instalaron a pocas cuadras de mi casa y Doña Ester me había dejado horas y horas revolver las cajas llenas de vestidos medios descangallados. Sin embargo, entre ellos supe hallar uno bellísimo con lentejuelas doradas y gasas al tono y una capita de tul negro, que solo tenía comido por las polillas las puntas. Pero Doña Ester me sugirió que si le cosía una lentejuela allí, ni se iba a notar.
Y doña Ester para esas cosas tiene razón.
Así, que estaba espléndida.
Hermes había mandado un remis, un Renault 12 rojo modelo 77, que medio desentonaba conmigo, pero el chofer era tan simpático y estaba tan entusiasmado con el viaje, que al trecho ni me acordé de la marca del auto.
Le pregunté si sabía donde íbamos y me dijo que sí, que por supuesto, y enfilo, primero por la colectora rumbo a Merlo, luego pegó la vuelta por Panamericana, rumbeo para Talar del Pacheco, giró con destreza para la ruta 23, volvió por la 24 y ya me perdí.
Dormité un poco y al abrir los ojos, un monumento fantástico se erguía frente a mis ojos y los ojos del remisero. Una mansión con fuentes y columnas renacentistas se hallaba a nuestro costado.
Baje como pude porque se me había enganchado un poco el vestido en la puerta del coche y perdí un porcentaje importante de lentejuelas tratando de liberarlo. Cuando estaba a punto de ponerme a pucherear opté por tener actitud, enrosque parte del vestido en mi brazo, largué una risa burlona y caminé con vehemencia hacia la puerta, sin ni siquiera saludar al remisero.
Adentro de la mansión, el bullicio era importante, se veían luces (esas bolas en el aire que giran agujereadas) y se escuchaban muchas risas, algunas demasiado exageradas para mi gusto.
Apenas llegué a la puerta y cuando estaba tratando de divisar el timbre que se escondía detrás de guirnaldas y globos, la puerta se abrió, sin que nadie se asomara y precipité mi entrada.
Una mujer espléndida, que creo era Afrodita, me recibió alborotada y estiró su mano justo en el momento que dejé caer la bolsita con los 200 grs. de chizitos que había llevado (por ahí eran 210 gr porque los coreanos me tenían simpatía y siempre me ponían un poquito más)
Al entrar al lugar divisé a Zeus y Heras, que levantaron al unísono sus manos para saludarme, pero no se movieron del trono en que cada uno se hallaba, cosa que consideré irrespetuosa, pero dejé pasar.
La música estaba muy fuerte, seguro que al Winco le habían puesto parlantes porque sonaba a todo vapor y todos parecían entusiasmados bailando los últimos hits de Sabú y Raúl Padovanni.
Entre tanto alboroto, divisé a Apolo, que trataba de seguir los acordes con su lira y no embocaba una, por lo que un grupo de inadaptados, chiflaban haciéndole burla y él parecía no inmutarse.
Al ratito se me acercó Dionisio, con cara de pícaro y me invitó a bailar, pero no me animé, porque mis lentejuelas se iban desprendiendo y el sacudirme hubiese terminado con ellas, y yo quería seguir brillando un buen rato.
Seguí recorriendo el salón, mientras la música tronaba con Zapatos rotos y Un sábado más, repertorio que parecía conocido por los presentes ya que todos aullaban y saltaban como desaforados.
En un rincón estaba Artemisa, media aburrida, como yo , que al verme se mostró gustosa, pero solo un ratito, hasta que imprevistamente sonaron los lentos y Hermes la sacó a bailar y aceptó presurosa. Solo atiné a preguntarle por Poseidón y me dijo que se estaba dando un baño de inmersión.
Creí divisar a Ares, que como siempre hablaba en voz muy alta y se peleaba con todo el mundo, así que lo eludí olímpicamente. Opté entonces, por sentarme y llevarme un plato lleno de chizitos que empecé a deglutir con ansiedad, para colmo, solo había unas masitas de dudoso relleno y unos cuantas salchichas frías que empezaban a torcerse.
Y yo había gastado $ 45 en el atuendo…
Más aburrida que cansada salí al jardín y me desparramé sobre una silla cuando sentí que mi cartera (llevé un monedero que había sido de mi abuela de Patín) se movía y creí sentir ciertos cuchicheos familiares. Cuando procedí a abrirla, entre temerosa y desconcertada, asomó su cabecita verde inquieta…el sapo retobado!!!
Creo que me alegré, porque le guiñe un ojo y el tipo salió enseguidita.
Estaba bellísimo con su galera y su frac!
Ni le pregunté como habían sido las circunstancias de su ingreso a mi cartera, y menos aún donde había conseguido la galera, solo les diré que me invito a bailar y como no tenía nada que perder, acepté, volvimos a la sala y copamos el centro del recinto. Los dioses y diosas nos miraron con ojos y bocas abiertas y el sapo encaró derechito para el disc jockey, que era Hefesto quien en la última hora había estado dele que dele con Metallica y Ozzy Osbourne que sin dudas eran sus preferidos.
El sapo atravesó el salón, haciendo reverencias a diestra y siniestra y entregó ceremonialmente un long play que Hefesto colocó en el Winco con extremo cuidado y empezó a sonar Singin’ in the rain , mientras los presentes cuchicheaban y se miraban entre ellos, sin disimulo alguno.
El retobado y yo haciéndole de partenaire perfecta, bailamos un tap maravilloso, volteretas en el aire y aplauso cerrado de los presentes y vuelta el zapateo y vueltas y más vueltas… y creo que fueron minutos, media horas y horas y mas vueltas y vueltas… y la bola que giraba con los agujeritos de luces y vuelta y giro…
Solo sé que cuando desperté el remisero del Renault 12 me pedía que le pagara los $ 376 del viaje, que en mi vestido solo quedaban 4 lentejuelas y dos estaban descascaradas y que el sapo dormía fulminado a pata ancha en el fondo de la cartera roncando Singin’ in hip hip…the rain..hip hipSalón del Olimpo (antes de la fiesta)
Category Historias | Tags: fiesta,los dioses,olimpo | 5 Comments

