Atardecía y sentía como tantas veces esa necesidad de sentarme urgente, justo a la caída del sol, en los escaloncitos bajos del patio, en el vértice de la laja que apunta al galpón y al seibo.
Por alguna razón tan añeja como desconocida, desde chiquita ese fue siempre el refugio para dejar jugar los pensamientos, lugar reparador e inspirador porque sí.
Linda la razón del porque sí.
La cuestión es que me fui pal fondo y me senté un buen rato. Las perritas aparecieron presurosas moviendo colas, corrían en círculos, me traían pedazos de palitos para llamar mi atención. Esa atención que sentándome en el ángulo exacto del escalón, ya deja de pertenecerme y se escabulle…
Ellas insistieron algunos segundos más y luego resignadas, abandonaron la escena, para reparar en un gato que hacía acrobacia en la pared vecina.
Respiré hondo, miré el cielo, me gusta ver las nubes e inventarles rostros. Y al bajar la vista, lo divisé, camuflado entre el verdor de los pastos y los restos del ligustro recién cortado.
El sapo retobado encaraba con saltito prolijo. Tres y un descanso. Tres saltitos y un descanso. Pispeaba, como al descuido, si alguna presencia fuera de la mía estaba por allí y lo saludé con la mano en alto casi al mismo tiempo que me hacía una mueca rara e intentaba guiñar un ojo, que no le salía.
Allí estaba, con estampa heroica, aunque nunca supe mucho de su historia, siempre imaginé que había protagonizado alguna aventura fabulosa, de ésas que marcan y dejan huella.
_ Cómo anda?- dijo con voz tangueramente impostada y se me puso al lado.
_ Acá ando, le contesté, pensando…pensando
_ Ajá, murmuró bajo…y se puede saber en qué piensan los humanos? Pues siempre tuve dudas_ continuo_ si las personas son o se hacen.
No supe que me quiso decir, pero verbalicé mis pensamientos ante este sapo inquisidor.
_ Y…somos complicados. Esa búsqueda eterna de algo que no sabemos bien que es. Esa sensación de oquedad y de desazón constante, ese vacío que a veces se encuentra en los supuestos encuentros. Pero también, los instantes únicos del abrazo entrañable y del alma emparentada…esas noches impertinentes en que uno se bebe la luna toda sin empacharse…
Suspiré fuerte y hondo, mientras el retobado que creí entretenido comiendo restos de Dogui, giró en redondo, me miró fijo y hasta sentí que me daba una palmada en la espalda.
Luego, pegó la vuelta, cara para el galpón y más despacito que cuando vino, empezó a abandonar la escena.
Sentí, mientras se alejaba, que decía muy bajito…qué bueno, qué bueno!
Y la verdad, me puso contenta, que le gustaran mis apreciaciones humanas sobre las vicisitudes de la vida, que sin dudar distaban de sus insignificantes vidas de bichos…
_ Qué bueno! Qué bueno!…se seguía escuchando en la lejanía de galpón y seibo
Y a la nochecita, cuando me fui para las casas, lo seguía y seguía escuchando como una copla repetida…un elogio sin dudas, a la vida humana.
Y a la madrugada, me mecí y quedé dormida.
Un instante después, el retobado concluía su frase…
_Que bueno! Qué bueno…ser SAPO!

